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Laura


Entró en el portal peleándose con la antipática cerradura de su bloque en una esquina de l’Eixample. La gran mayoría de estos pisos estaba ocupada por jubilados o estudiantes que no podían permitirse un alquiler demasiado alto. El estado de las viviendas era precario, aunque su deteriorio encerraba cierto encanto nostálgico para algunos. Concretamente, muchos jóvenes aparentemente cultivados en los hervideros de las carreras humanitarias hacían apología de la ornamentación modernista que ostentaba cada esquina de su piso. El nivel de sofisticación de las cenefas florales que ilustraban las baldosas del pavimento parecía ser el estandarte preferente de toda una generación, que utilizaba la presencia de esta vanguardia en sus viviendas como moneda de cambio para determinar su valor en el mercado de la identidad personal. Aunque lo de Laura era un amor genuíno. En más de una ocasión se abstraía fantaseando sobre los posibles inquilinos que habrían ocupado el lugar cien años atrás. Intentaba integrar en su entelequia diferentes tipologías de personajes con las que compartir el espacio-tiempo; poetas atormentados por fantasmas del pasado, retratistas entregados al ardor del absenta o madams induciendo a sus señortias a seducir a los clientes.
Mientras subía renqueando por las escaleras –parecía que no iban a arreglar el ascensor nunca- iba repasando mentalmente los sucesos de aquella noche procurando recordar cada detalle para poder escribirlo más tarde en su blog. Abrió la puerta de casa y se sumergió en la oscuridad. Su compañera ya se había ido a la cama. A pesar de que estaba bastante cansada todavía tenía la mente muy activa, necesitaba tomarse un poco de tiempo para volver a entrar en contacto consigo misma y salirse de su papel. Ya en su habitación, encendió el portátil y se puso a revisar el correo para ver si su padre daba alguna señal de vida, aunque, de antemano, sabía que aquel ritual era fundamentalmente inútil. Se dedicó a dispersarse en internet durante un buen rato. Empezó buscando información sobre las cruzadas y acabó viendo vídeos de exóticas mascotas japonesas, hasta que optó por masturbarse. Entendía aquella actividad como una ceremonia ajena a las connotaciones físicas: el porno le ayudaba a entrar en contacto con sus valores y preferencias, recordándole quién era a nivel esencial. Una vez se corrió, se sintió de nuevo en casa. Ya podía contemplar y juzgar todo lo que había pasado aquella noche desde su condición de espectadora imparcial. Analizó, durante lo que le duró el cigarro, los acontecimientos, y abrió un nuevo post en su blog. Ya podía empezar a escribir:

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